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Cuando la sociedad nos bombardea de mensajes sobre lo que necesitamos comprar, sobre cómo comportarnos y hacer nuestras vidas, se requiere valor para determinar una medida personal del éxito. Para muchos, el éxito significa ser famosos, tener riqueza o gozar de onerosas posesiones materiales o elevado status social. Si embargo, creemos, el éxito radica más bien en poder llegar a ser aquello para lo cual estamos destinados a ser. El éxito, se relaciona con la posibilidad de hacer un bien a la comunidad, aportando con aquello que sabemos hacer mejor, sea lo que sea. El éxito radica en ser respetado y amado por aquellos seres queridos. El éxito también radica en vivir en armonía con la madre naturaleza. Esas son verdaderas medidas del éxito. Comprar el coche del año o ser presidente de la compañía, no son medidas del éxito, ni necesidades del verdadero yo interno. Son más bien, trampas del ego, trampas de la capa externa de nuestra personalidad, preocupada de la apariencia, el lujo, lo superfluo y la orientación hacia lo externo. Cuando nos preocupamos más por el barrio donde vivimos, la telenovela de turno o donde vacacionamos en verano, en lugar de observar el jugar tierno de un cachorro, el sonido del viento blandiendo las ramas de los árboles o la hermosa armonía del océano, estamos tergiversando nuestros valores y alterando nuestra mirada del mundo.
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