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“El Cliente es el Rey”… Quizás usted haya escuchado esa frase anteriormente. ¿Será siempre cierto? Casi siempre. Los clientes están cada vez más exigentes, más dispuestos a defender sus derechos (su dinero y recursos, como tiempo y energía, invertidos en la transacción comercial) y menos dispuestos a perder el tiempo con empleadas ineficientes o burócratas holgazanes. Los clientes pagan y su pago se convierte al fin y al cabo en el pago al personal que labora en dicha empresa prestadora del servicio. ¿Cuál será el límite aceptable para declarar que el cliente siempre tiene la razón? Bueno, el sano juicio. Si el cliente insiste en algo que a todas luces surge como incorrecto o incluso, le falta el respeto a la persona que lo atiende, entonces, el cliente deja de ser el “rey” y se convierte sólo en un “vasallo”. Usted no puede aceptar tonterías, aunque le paguen por ello. Si el cliente le falta el respeto, usted se falta el respeto a sí mismo ¿Por qué? Porque antes que ejecutivos de atención, vendedores, empresarios o lo que fuésemos, somos personas, y el derecho al trato justo y digno y el respeto a la integridad y honra humana es primero que la atención al cliente. Sin respeto, no puede existir relación comercial alguna. Sin relación comercial alguna, no hay cliente que satisfacer ni atender. Ergo, la persona está antes que la empresa.
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